oriol espinal [poetry]

Díptico negro #15 de agosto

Y de buena mañana anochece,

y en las tinieblas se espesa la sangre

y el viento llena los jarrones.

¿Dónde hallar los pechos que la luz moja?

¿Dónde, la claridad de los mundos vedados?

Hoy te abandona una noche de lágrimas

–de trazos blancos en el cielo.

Se escuchan las reyertas de los búhos

y el caer de las plumas en los ojos,

y el silencio donde los muertos se acomodan,

donde los cuervos la sombra deshilachan.

¿Y los ciegos? ¿Percibirán el canto

del rocío que por el rosal se desliza?

¿Y la espina? ¿Desgarrará los dedos

que pergeñaron un poema cuando la rosa

mostró su rosa fulgurante?

 

Si de buena mañana anochece,

mana más sangre en las tinieblas.

¿El dulce jugo de la granada?

¿La amarga savia del recuerdo?

¿Agua turbia de un mundo efímero

que a todos nos condena a morir

sin saber qué es el tiempo,

el origen, el amor o el camino?

 

Y al salir el sol regresa la noche,

el reino donde faenan el poeta,

el minero, el orfebre, el filósofo,

el esclavo, el señor, el profeta,

el niño que, asombrado, miraba

el nudo de las víboras,

el viejo cansado que en vano se decía:

–soy el espejo de polvo y ceniza

donde todo el universo se contempla.

 

Y de buena mañana anochece,

y el nombre de un artista difunto

agita el presente de un pasado

sin glorioso porvenir,

y es una vela el cielo arcaico,

y un cementerio el horizonte,

y en cuanto remato este proemio,

abro la ventana más alta

y contemplo el paisaje herido:

el mar es un dragón de plomo,

y un labio sin sangre la playa.

El mistral deshoja las flores.

Medusa, la vieja palmera,

se sacude las sierpes de las palmas,

mientras un vendaval indiferente

aventa las cenizas de las lágrimas.

Se levanta el telón de mi memoria

y salto al pozo de mi niñez privilegiada:

una vela, un armónium, Bach,

el jugo oscuro de la luz,

 

 

 

No veo cirios en tu alcoba,

ni estatuas de dioses paganos,

ni plañideras ni crespones.

Del techo pende una lámpara

de flores de cristal de Murano.

No hay abejas. Zumba el timbre.

Les visitas entran y salen.

Los más te miran, los menos lloran.

No te mira ni llora el busto

de Giuseppina Lombardi, ni el Niño

de la tabla flamenca, ni el ángel de Martín

de Soria, pero te observan mis ojos,

todavía repletos de noche estival,

de noche al raso, de noche en blanco.

Das la impresión de ser un aristócrata.

Acaso seas el único difunto en Barcelona

que yace en una cama

hermosa sobre cuya cabecera

cuelgan un Cristo del taller de Duccio

y un tapiz que recrea un episodio

del reinado de Charles VI, le Fou.

 

En el tapiz distingo a Pierre Salmon

escuchando atentamente al monarca.

En el margen izquierdo, en un aparte,

dos miembros de la corte maquinan

intrigas con Jean sans Peur.

En uno de los muros, centenares

de flores de lis salpican el enlucido,

y en el dosel, y en el sobreveste

real, la divisa Jamais

se itera como un mantra heráldico.

 

En verrai ge jamais la fin,

de voz oeuvres, Merancolie?

 

Estos versos los compuso

Charles d’Orléans, el príncipe poeta

y sobrino del rey loco.

 

Yver, vous n’estes qu’un villain!

Esté est plaisant et gentil

 

Y estos otros también. Debussy

los bordó con su música exquisita.

 

Al día siguiente, al entrar en la alcoba,

una de tus hermanas se quejó del hedor.

El invierno le favorece más a la muerte.

Con casta frialdad y poco antes

de que un vidrio te separara del mundo,

te dio un beso en la frente.

Yo te lo di en la mejilla.

El último. El primero en carne muerta.

Tu rostro era de color de cepa,

de corteza de olivo, de mosto,

de granadina seca,

de nube lila y ocaso rosa,

de flor de almendro y adelfa,

de isla griega y jardín toscano.

 

(…i les vinyes i els olivers

d’aquell noble paisatge clàssic?)

 

Tu isla ya no es Grecia.

Una chimenea gigante

cohabita con los cipreses,

y una lengua de hormigón

profana el huerto de los cerezos.

Tampoco Grecia debe ser lo que fue.

Mediterrània, de Sunyer,

ya sólo es una estampa desvanecida,

un concepto del paraíso

que se ha quedado demodé.

El sueño novecentista se muere,

y tras él, tu isla

y todo aquello que sembraste

con la ilusión de ver crecer

un pequeño universo autárquico,

una arcadia en plena autocracia.

¿Qué queda de La joie de vivre

 

El aire anima voces difuntas.

S’encenen focs de benvinguda.

Recuerdo bien la última noche.

Tanto a ti como más tarde a mí

la por ens feia mirar el cel.

«¿Dónde está el cielo, dónde?»,

mascullaste. Y luego:

–¿Dónde mi cedro, dónde?

–El cedre? Els llops se l’han endut.

–¿Para caldear nuevos infiernos?

–El averno ocupa el firmamento,

y un relámpago grisáceo, tu cerebro.

 

(Del fuego venimos y al fuego vamos)

 

–¡Qué lejos!                          

                    Amic, quin trot galant…

¡Qué lejos!,                      

                   la nit de Sant Joan…

 

Bajo la escalera y entro en la alcoba

donde tu alma perdió los pétalos

 

(Ara que estic al llit,                                        

                                malalt...)

 

Una noche de agosto. ¿Cuántos hace?

 

(Dix-sept ans! Tu seras heureux!)

 

¿Veintinueve? Cuando llegué,

tú ya te deslizabas por la cuesta.

Aun así, la estranguladora

no irrumpió mientras me contabas

una visión del más allá.

 

(Because I do not hope to turn…)

 

¿También yo la veré, antes de partir

con la desconocida?

¿Veré la gran esfera de colores

que volteaba en tus adentros,

la esfera donde resplandecían,

con igual fuerza poderosa,

Apolo, Baco, Buda, Cristo,

Krishna, Confucio o san Martín?

 

(–Missatgers del Pare vindran

per cridar-te a la seva torre.)

 

«¿Se ha confesado? ¿Se ha confesado?»,

me preguntó mamá al salir del coche.

 

(…Sí, amé. He amado. Amé…)

 

Recuas de gente. Más hembras que varones.

 

(…dans nos corps de femmes il y a

comme un ferment de raisin noir…)

 

Y de buena mañana anochece,

y el universo es sólo un verso

que sabe a sal y huele a vino.

Eso únicamente en el sur. En el norte

los hombres leen los charcos,

la huella del agua en el barro,

la grieta del hielo plomizo,

el rictus de la res alienada.

Pero en el sur, después del rayo,

se hunden los muros de sabina,

delata los pasos la hojarasca

y el sudor releva al llanto.

 

(¡Cráneos de azúcar, serpentinas

de color violeta, rosarios

de bolas de confeti negro!)

 

Como un mal bicho policéfalo,

una pequeña comitiva desfila

entre panales de cemento.

El sol de agosto decolora

los pétalos de seda y de plástico,

y los que han perdido la identidad

impuesta por el rostro y el espejo,

se desvanecen tras los retratos y amuletos.

El estiércol lastra el ala

de un ángel de la muerte.

El guano, la mugre y las malas hierbas

asedian los túmulos gerónticos.

Hay lágrimas sucias de polvo

y mausoleos sin cadáveres,

y poetas podridos y apóstoles

del dinero incoloro, y un negrero

dorado y un mecenas de basalto.

También un sudario maculado

y la estatua de un niño muerto,

y relicarios profanados

y un epitafio que da risa,

y apolilladas sombras de damasco

y ojos empañados y sin vida,

y en el horizonte, una línea verde

y los desechos del alba,

y en la montaña, cuervos en los árboles

y unos fareros que exclaman:

«¡La luz ha muerto! ¡La luz ha muerto!»

 

Y de buena mañana anochece,

y las manos de los mendigos

son cáscaras y vainas solitarias.

Calla el perro y ululan los lobos.

Dos hombres rudos apalancan

la puerta de la noche más larga,

y una mujer de negro acaricia

la cruz dorada de tu bote.

Y mientras el hoyo se ventila,

un poeta secreto murmura:

–O rafraîchissantes ténèbres!

Y luego, prestándote la voz:

–La sima es de fácil descenso.

Con gozo entraré en el hogar

de la patria de mi madre,

con gozo ascenderé a los pechos

que un otoño coroné.

 

»Bajo una bóveda de lamentos,

percibiré la fragilidad,

la derrota, la desbandada,

el peso colosal de la nada.

 

»Que caiga leve la tierra

y me abrase un fulgor ventoso.

Que cada nube sea llama

y el mar me llame de mañana.

2003 - 2020