oriol espinal [narrative]

Finales

novela

2000 - 2003


Fragmento del Acto I

(Al levantarse el telón ÁNGEL SALVADOR aparece sentado en una butaca tapizada en piel negra. Viste un mono de color azul y manchado de grasa. Una bombilla roja pende del techo. En el fondo del escenario se proyecta, en blanco y negro y en negativo, la imagen de un perro atropellado.)

BRUNO.– (En off) !Cómo es posible que no recuerdes el calor que hacía aquella tarde! Claro que, según se mire, la cosa no resulta tan memorable si lo comparamos con el que hoy mismo estamos soportando. La ola de calor ya es titular en la portada de los periódicos. Al parecer, llegada directamente del Sahara. Y para colmo los incendios forestales están asediando la ciudad. Hoy mismo nevaba ceniza. Hay quien está viendo el fenómeno como un augurio apocalíptico, aunque yo considero que el agüero tendría mayor credibilidad si los incendios se hubieran desatado en un Miércoles de Ceniza y no en un miércoles de agosto. Por cierto, ¿te acuerdas de que también fue un miércoles el día que viniste a visitarme por última vez al hospital? Hasta ese día los miércoles siempre me habían resultado un poco antipáticos. Ahora ya me da igual, pero en otros tiempos, cuando aún me valía por mí mismo, cada vez que leía la palabra miércoles o la escuchaba en boca de alguien, de súbito acudían a mi memoria los recuerdos de aquellos miércoles del polvo eres y en polvo te convertirás, aquellos miércoles siniestros que durante mi infancia abrían la puerta a los deprimentes viernes de Cuaresma, con la merluza y las patatas hervidas, y yo rezongando que no tenía hambre y mi madre advirtiéndome que no me iba a levantar de la mesa hasta que mi plato estuviese limpio como una patena. Pobre mamá. Cada día estoy más convencido de que la demencia senil que padece desde hace un lustro, es en parte consecuencia de su obsesión enfermiza en buscar la perfección como católica. Desde muy niña se negó a ser una practicante del montón. Todo le parecía poco cuando se trataba de mostrar al mundo la fortaleza de su fidelidad a Jesucristo. Un buen día, sin que ningún sacerdote hubiera mediado en su decisión, resolvió que los sacrificios alimentarios no eran suficientemente purificadores si durante el tiempo cuaresmal no estaban complementados con una renuncia a todo contacto sexual. Como es de suponer, a mi padre no le hizo la menor gracia verse privado del cuerpo de su mujer, pero al final tuvo que tragar, aunque sin renunciar a poner cara de perro hasta la misma noche del Sábado Santo. «La abstinencia, la abstinencia. ¡Que se la apliquen los clérigos para su uso y disfrute, que para eso han hecho el voto!», me dijo un día, imagino que pensando que su hijo ya tenía la edad suficiente para saber lo que era... «la vida». Gran eufemismo, sí señor. Por suerte, el tren de la vida siempre terminaba regresando al plácido Domingo de Resurrección. Ese día señalado mi padre, al término de la matinal celebración de «la vida», no sólo recuperaba el buen humor sino que se mostraba dispuesto a decir amén a cualquier extravagancia que a mamá se le pudiera pasar por la cabeza. Por decirte que en una ocasión lo engatusó para viajar a Roma con el único propósito de subir la Escala Santa, de rodillas, claro está. Pero esto último no deja de ser una minucia comparado con el viaje que hicieron a Tierra del Fuego en pleno invierno austral, adonde fueron únicamente para oír misa en la Misión Salesiana Nuestra Señora de la Candelaria.

Visto lo visto, supongo que tampoco te acordarás de que aquella misma tarde, tras cruzar la puerta del hospital, te planteaste abortar tus planes y regresar por donde habías venido. Resulta comprensible si consideramos lo que te traías entre manos. En todo caso, lo que no acabo de tener muy claro es si tu inquietud obedecía a una cuestión de orden moral o, por el contrario, se trataba de una simple reacción causada por el pánico escénico. Sea lo que fuere, lo cierto es que mientras aguardabas la llegada del ascensor (me lo ha contado un pajarito) sí que te imaginaste a ti mismo encarnando a un deus que se dispone a entrar en su machina justo antes de irrumpir en escena. Y a todo esto, ¡había que ver cómo resollabas! Si me permites la broma cruel, casi tanto como Wagner en Venecia. De poder elegir, ¿con qué te quedarías? ¿Con el asma del compositor o con tu enfisema incipiente? Durante tu anterior visita hospitalaria me contaste que el día que tu médico te advirtió que el enfisema era incompatible con el tabaco, por la noche soñaste que una serpiente anfisbena entraba en tus pulmones, y que antes de convertirlos en su nido, te había conminado a firmar un contrato enfitéutico. Ya ves que de un modo u otro los excesos siempre se acaban cebando con aquel que los comete, ni que sean tan inofensivos como colar un retruécano entre frase y frase. Créeme: leer tanto a Julián Ríos no puede ser bueno para la salud.

Pero regresemos al día de autos. ¿Te acuerdas de las tres ancianas que aguardaban la llegada del ascensor? ¿Recuerdas que ante el espectáculo de tus resuellos te miraron como a un apestado? Lo que nunca me contaste es lo que rezongaron tus adentros mientras desplegabas el pañuelo con el que absorberías la gota de sudor que cosquilleaba tu nariz. ¿Acaso que aquellas mujeres eran un trío de brujas expulsadas de una pesadilla, unas brujas que estarían al corriente de tus planes y en cuya mirada podía leerse algo así como: «No deseamos otra cosa que presenciar cómo tu pañuelo se transfigura en una blanca paloma, en una sacra, espiritual y hermosa paloma cuya luz, triplemente divina, rebaje la angustia vital que corroe nuestras almas condenadas»? De todos modos, y dando por cierto que en aquel momento te hubieras dicho alguna cosa, no creo que tu mente hubiese hilvanado una estupidez menos indigna de la que acabo de soltar, o tal vez sí. Quién sabe. Lo que sí me dijiste es que mientras tu pañuelo embebía el sudor de tu frente, en tu memoria se hizo visible la imagen de Verónica Cruz sentada ante un cuadro de la escuela caravagista, una pintura de gran formato que representaba a Judit desenvainando la espada de Holofernes. No era la primera vez que me hablabas de Verónica y de tus frecuentes visitas a su taller de restauración. Recuerdo que en una ocasión, poco antes de mi caída, comentaste que si bien el rostro de aquella Judit expresaba la determinación fanática de los héroes, su mirada no dejaba de insinuar ciertos visos de lubricidad. «Un hombre es un hombre, ¡coño!», dijiste antes de añadir: «¿Y ese Holofernes, durmiendo la mona y con esa expresión tan inequívocamente rijosa? Se veía a la legua que el pintor lo había representado de ese modo no para sugerir sino para decir a las claras que el general estaba soñando cochinadas, a saber si en compañía de la viuda hebrea o de la más libertina de las cortesanas reales. El triunfo de Judit o en la boca muere el pez. Habría quedado bien como título, ¿no crees?».

Mi pajarito también me ha contado que al abrirse la puerta del ascensor (con tecnológica solemnidad, tal cual me lo dijo) las tres mujeres entraron en la cabina, mientras que tú no hiciste ademán de moverte. Al observar tu rostro atribulado, las tres te miraron como diciendo: «Vamos, caballero, entre de una vez, que a nuestra edad ya no estamos para comernos a nadie». Finalmente, al escuchar el tintín que avisaba del cierre de puertas, metiste el pañuelo en el bolsillo y entraste en el ascensor. Poco faltó para que la machina te hincara el diente. Entre resoplidos y mientras pulsabas el botón de la planta séptima, te dijiste: «¡Qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que conduce a la Vida! Los deus ya nunca serán lo que fueron». Y en cuanto el ascensor se puso en marcha y tú te imaginaste a ti mismo como un faraón momificado que subía al séptimo cielo encerrado en su sarcófago, trataste de calmar tu desasosiego royendo las uñas de tus siete dedos. «A Bruno le haría gracia: a uña por piso», te dijiste hablando solo y sin que te importara un comino que tus compañeras de ascensión te miraran como a un auténtico chiflado. En cuanto el ascensor se detuvo en la séptima planta, saliste al rellano musitando un «hasta luego». Allí tuviste que abrirte paso entre un grupo de gitanos que discutían acaloradamente acerca de si bajar o no bajar a la calle para arreglar no sé qué cuentas pendientes. «Ya se sabe que en un ambiente tan aséptico y refrigerado como este, las emociones no pueden alcanzar el nivel de pathos necesario para dar salida a los conflictos que afectan al alma del clan», te dijiste untando el tono de tu voz interior con un desdén más propio de un perdonavidas que de un redentor de almas atormentadas.

Sintiendo un aleteo en el pecho, te acercaste al mostrador de la sala de control, detrás del cual se hallaba sentado ese portento de la naturaleza que pasaba por llamarse Marina Bandera. Al verte, la enfermera te dio la bienvendida con una amplia sonrisa hospitalaria. Forzando una expresión de chico bueno y sin dejar de resollar, tú correspondiste al saludo mirándola con una imprudencia tan escasa de inocencia como merecedora de recibir un mohín como respuesta. Siempre hay que ir con mucho tiento con las artemisas que corren por el mundo, aunque en este sentido no seré yo quien venga a darte lecciones: en tiempos mejores yo también formaba parte del club de los que desnudan con la imaginación a toda mujer hermosa que se cruza en su camino. Luego, y adoptando ese tono resignado que daba a entender que ya habías dispuesto un espacio donde encajar una respuesta previsible, formulaste la pregunta de cada año. Ella te dijo que no había novedad, que yo continuaba igual que siempre. «En todo caso no debemos perder la esperanza. Tal vez el día menos pensado...», te dijo antes de añadir: «¿Te molesta si te acompaño hasta la puerta de su habitación? Llevo casi dos horas sentada y me hará bien estirar un poco las piernas». Cómo iba a molestarte compartir los pasos con una mujer de bandera. A nadie le amarga un dulce, te dijiste antes de añadir: tan cierto como que muy poco dura la dicha en la casa del pobre. Y es que apenas habíais dado unos pasos cuando se escucharon gemidos y lamentos procedentes del final del pasillo. La enfermera se olvidó de ti y corrió en auxilio de la persona que los estaba profiriendo: un convaleciente octogenario que acababa de dar con sus huesos en el suelo. Tú fuiste tras ella, aunque con una pachorra más que calculada. Conociéndote, se me antoja pensar que en tu teatrillo mental aquel pasillo se transformaría en una vaguada arcádica por la que la hermosa enfermera, ovidianamente metamorfoseada en una no menos hermosa Siringe, corría, desnuda y pánicamente aterrada, tratando de evitar que su hymen souhaité fuera lancinado por el príapo del sátiro que la estaba persiguiendo, un sátiro cuyo rostro encendido de pasión era, claro está, el tuyo propio. Y al acercarte al abuelo caído, ¿qué hiciste? ¿Acaso superpusiste sobre él la imagen de un pastor del cortejo de Dionisio que atrapaba a la hermosa ninfa con el propósito de que tú pudieras hacer uso de su cuerpo divino?

Resuelto el percance, la enfermera, quien sabe si al observar la diadema de gotas de sudor que ceñía tu frente, se puso a hablar de los incendios forestales y de la ola de calor que se estaba llevando a tantos ancianos por delante. Y es que a pesar de que en aquella planta la refrigeración funcionaba con normalidad, tú te sentías cada vez más acalorado, y no precisamente, claro está, por los comentarios de la enfermera. Al llegar a la puerta ella te preguntó si te sentías indispuesto. Entre jadeos y con un filamento de voz le respondiste que no, que aquella manera de transpirar la estaba provocando el nerviosismo que te producía hallarte un año más ante la puerta de mi habitación. Ella te miró con dulzura y regresó sobre sus pasos. Mientras se alejaba, tú te secaste la cara con el pañuelo. Antes de entrar y recordando al Hamm de Fin de partie, te dijiste: «¡Viejo trapo! A ti, te conservo».