oriol espinal [narrative]

Finales

novela

2000 - 2003


Salvador Alas

  –Cuando Mamá me contó que fui engendrado el mismo día en que ella y papá consumaron el matrimonio, lo hizo mirándome de un modo tan triste… Entonces no supe a qué atribuirlo, pues en aquellos años yo no sabía de la misa la mitad. Por no saber no sabía ni que fui concebido durante la decimocuarta noche del viaje de luna de miel de mis progenitores, aproximadamente una hora después de que ambos hubieran regresado de una representación de Las bodas de Fígaro. ¿En qué teatro? Pues en la recién reconstruida Staatsoper de Viena. ¿Y en qué lugar se puso en marcha la cuenta atrás? De creer a mi progenitor, en esta misma habitación, la 103 del Hotel Imperial, la misma donde esta noche tengo planeado matar dos pájaros de un tiro. El primero en representación de papá, quien minutos antes de fallecer me dijo: «traes muy mala cara». Y yo, que la noche anterior había salido excepcionalmente de mi madriguera para asistir a una representación de Pelléas et Melisande, no pude abstenerme de canturrear en silencio: «Tu as le visage de ceux qui ne vivront pas longtemps». Con un hilo de voz, añadió: «Tengo una deuda pendiente… en Viena… ve tú por mí… hijo…». Y yo, por no contrariar el último deseo de un moribundo que hasta donde yo recuerdo nunca me había llamado hijo, le dije que sí, que descuidara, que viajaría a Viena y pagaría todo lo que hubiese que pagar. Luego, entre expectoraciones y tratando inútilmente de incorporarse, dijo: «Antes de partir debes leer la carta… la carta… está en un cajón de mi escritorio… no será agradable… solo tú puedes lavar la mancha por mí… la mancha… la mancha…». Pasó a mejor vida con la palabra mancha en la boca. Y yo, sin experimentar el menor sentimiento por el muerto, pero muerto de curiosidad me puse de inmediato a hurgar en los cajones del escritorio hasta dar con la carta de marras. En efecto, no resultó nada agradable enterarme de que la noche de bodas de mis progenitores había sido una violación en toda regla. Recuerdo que al término de la lectura me dije con cierta pesadumbre: «Il faut voyager, Il faut voyager!».