oriol espinal [narrative]

Los círculos del sur

novela

2000 - 2003


III - El círculo agresor (cap. 1)

Me encantó la puesta en escena de ayer noche, con ese desgarro del orden nocturno, y esa algarabía ígnea que parecía estar celebrando el hermanamiento entre flamas consumadas y aspirantes a flama, y esa advertencia y su posterior parodia, y esas sombras oscilantes, multiplicadas, y esos ojos reflejando el collar de fuego, y ese aquelarre de manos en las manos, y esa saturnal de labios en los labios, de cuerpos en los cuerpos. Sí, no puede negarse que fue algo hermoso, tanto como observar la calma en la que ahora os halláis sumidos, iluminados por la tenue claridad que se cuela por la persiana entornada, enredados el uno al otro cual serpientes apareadas, rodeados por ese desierto abrupto de sábanas que embebieron vuestros fluidos corporales, atrapados en ese estado de conciencia fronterizo que se afirma durante la duermevela del mediodía, iluminando las zonas más recónditas de nuestro almacén de recuerdos; esas zonas donde tu memoria había cedido una parte de su espacio a una porción de mi propia memoria. No estoy yo muy segura de que los recuerdos de mi residencia en la tierra merezcan tanta veneración. En cualquier caso, faltaría a la verdad si no admitiera que me halaga que los hayas ubicado en un nivel superior, incluso muy por encima de los lugares donde tú conservabas los recuerdos de las primeras experiencias perceptivas, esas que procedían de un mundo irreductible a tu incipiente capacidad de entendimiento, un mundo que de niño te parecía absurdo y triste durante nueve meses al año, pero que durante el tiempo restante te resultaba del todo maravilloso, un hecho que te llevaba a preguntarte una y otra vez por qué demonios nuestros primeros padres habían tenido que morder la manzana sin antes haber considerado que con su mordisco estaban condenando a las futuras generaciones a sentir la joie de vivre únicamente durante los meses de verano, una estación que hacía rezumar en tu interior un no sé qué que si no lo era sí se parecía en algo a lo que debieron sentir los habitantes del jardín edénico antes de malograrlo con su bienmaldita curiosidad.


Y ahora mismo, mientras un calor canicular paraliza el llano y siendo estos ojos que te miran y esta voz que te habla plenamente conscientes de que no son en realidad más que una entidad recreada por ti en y para ese mundo donde las personas del verbo se funden y confunden hasta poner en cuestión el concepto de identidad, hay algo, una pequeñez, que me tiene preocupada: cuando tu memoria me reinterpreta ¿te has preguntado si ella, la que tú has tomado como modelo y maestra, se habría representado a sí misma del modo en que tú lo estás haciendo? ¿Nunca te has parado a pensar que la entidad que has entronizado en el más destacado de los pedestales de tu panteón, no sea otra cosa que un simple espejismo, una imposibilidad que solo el sueño hace posible, una dimensión de tu yo manifestándose ante ti como otro yo real? Aunque, por otro lado, qué importancia puede tener lo que yo sea o deje de ser si el hecho en sí de ser lo que soy me permite ver a través de ti mismo cómo en estos momentos estás mirando a ese niño que portó tus mismos genes, tu mismo nombre, tus mismos apellidos, ese niño que, al igual que el muchacho de la Tercera Elegía de Duino, amaba su interior, la selva de su interior, el bosque originario que había en él; ese niño que ahora mismo se está abriendo paso en el recuerdo, avanzando a través de la maleza del bosque que rodea la casa donde pasaste los veranos más felices, un bosque cuya existencia se asienta sobre su no existencia, un bosque que antes de ser cimiento de hormigón, fue sostén de nidos, tierra de madrigueras, almacén de aromas, templo del canto, escenario del fuego o cementerio de carbón. Sí, te veo, Mario, te veo cómo miras a ese muchacho a quien siempre amé con locura, te veo cómo lo observas mientras corretea por el monte bajo y sin la compañía de su propia sombra, empeñado en averiguar en qué lugar se ocultan las espantadizas cigarras que anegan el bosque de crujidos; sí, te veo, te veo cómo te estás viendo a ti mismo en el momento en que, tras haber correteado entre los viñedos, arrancas un grano de moscatel y te lo llevas a la boca como la más dulce de las golosinas, y también cómo de repente irrumpen los vendimiadores y te aúpan y te hacen volar por los aires, y cómo luego, cual pequeño Baco y al son de lisonjeros ditirambos, te colocan sobre una comporta rebosante de racimos y te llevan a hombros hasta el remolque del tractor. Sí, y ahora estoy viendo con qué nostalgia rememoras ese pasmo impúber que solía invadirte los días en que no estabas para aventuras ni pillerías y entrabas en mi alcoba y abrazabas mis piernas, y luego, mientras acariciabas una de las patas felinas de mi butaca Imperio, me preguntabas por qué tenía que estar siempre encerrada en la habitación, por qué no salía nunca a pasear, habiendo como había tantos lugares hermosos alrededor de la casa. Maldita butaca, malditos huesos, maldita suerte, habrías sabido leer en mis silencios si por entonces hubieras sido un adulto; esos silencios tan largos y profundos, tan beckettianos me dirías ahora si yo fuera realmente ella, esos silencios que tú profanabas formulando preguntas sobre mi infancia y que yo rompía contándote unas historias que parecían entresacadas de una novela decimonónica. Jamás olvidaré la expresión de tu cara mientras escuchabas la crónica de las incursiones furtivas que yo había llevado a cabo durante las noches en que mis padres y mis tíos celebraban alguna fiesta; esas noches en las que al percibir el sonido lejano del piano yo saltaba de la cama y me apostaba tras los balaustres de la escalera principal, desde donde yo, completamente embelesada, escuchaba el arte de Granados o Malats.


Años más tarde, cuando tu ceguera adolescente entró en vías de curación, el interés por la música y el mundo en el que habías crecido volvieron a ser el motor de tu vida. A partir de entonces descubriste que yo, una anciana inválida, podía contribuir con algo más que unos durillos con los que sufragar una farra juvenil. Estabas sediento de memoria viva. Necesitabas enriquecer tu biblioteca vital con las confidencias, las historias, los pensamientos íntimos de hombres y mujeres que, al igual que yo, residían en la antesala de la muerte. Todavía recuerdo el día que te conté (en estos momentos lo veo brillar como una almenara en tu memoria) que la mismísima Wända Landowska me había escuchado tocar el piano. La clavecinista polaca, que había recalado en mi ciudad para ofrecer un recital, quedó tan impresionada con mi facilidad e intuición para la música –y muy en especial por la clarividencia con la que yo había interpretado la Fantasía cromática y fuga–, no se conformó con darme cuatro consejos, sino que trató de convencer a mis padres para que me mandaran a París, y que una vez allí ya se encargaría ella de pulir mi técnica y de apoyar mi carrera como intérprete. Pero ni el entusiasmo mostrado por la Landowska ni las ilusiones que esta había sembrado en mi cabeza, lograron ablandar la resistencia de mi padre, una actitud que en nuestro entorno social, burgués y provinciano, no se contempló como un hecho digno de reprobación sino todo lo contrario. A partir de ese día, toda mi lozanía de espíritu quedaría transmutada en un pesado sentimiento de frustración y resquemor. Las consecuencias del encuentro con aquella judía extraordinaria se habían convertido en una severa advertencia que no solo resumía los particulares inconvenientes a los que una mujer de talento tenía que hacer frente por el mero hecho de ser especial, sino todos aquellos otros que surgían en el momento en que esta decidía, contra viento y marea, hacer algo positivo con su precioso don. Debo admitir –te confesaría ese día– que con el tiempo mi carga se fue aligerando, en buena medida gracias a la satisfacción que yo sentía ante los avances de mis alumnos del conservatorio. Pero aquella pequeña felicidad también se marchitaría al poco de yo haber dado mi consentimiento ante el altar; sí, para qué esconderlo, la verdad es que a partir del día del sí quiero, el piano de esta casa quedó relegado al papel de sofisticada caja de música, de artilugio con el que yo me veía obligada a entretener a las damas que una tarde a la semana venían a visitarme, y muchos años más tarde, de labrantío en el que tú cosecharías los primeros logros musicales, pero también de ingenio traductor y propagador de las angustias y jeremiadas de tu abuelo. Sin haber podido ni siquiera iniciar una carrera como intérprete, viéndome obligada a abandonar la docencia con el fin de atender a mis obligaciones de mujer casada, o mejor dicho de mujer bien casada (aunque en mi caso, esto del bien y del mal tienen una frontera un tanto lábil), la música, mi religión verdadera, se refugió en lo más profundo de las catacumbas de mi mente, y lo que yo escucharía a partir de entonces en aquel y en otros muchos salones, aunque fuera de Beethoven, de Schumann, de Debussy, aunque fuera yo misma quien lo estuviera interpretando, no representaría para mí otra cosa que un bonito artificio reducido a la función de amueblamiento sonoro. Mi concepción de la música era ya por entonces algo bien distinto. Ante todo, la música debía ser un agente animador del silencio, pero no del silencio exterior, que no existe, sino del silencio que reside en nuestro interior, el único que puede considerarse como verdaderamente real. Hace ya bastantes años que puse en tu conocimiento mi modo particular de entender ese silencio íntimo. Te dije entonces: «El silencio ni se vende ni se compra; solo se obtiene tras un largo trabajo de purificación interior. El silencio debería parecerse a un estanque de aguas calmas que de vez en cuando precisan ser removidas para que el oxígeno del espíritu pueda entrar en ellas. En este punto es donde la música entra en juego, transformada en agente que tanto puede zambullirse discretamente en esas aguas como precipitarse contra ellas como una roca lanzada por un cíclope».

Pero, y retomando el hilo de mi relato, el culmen de la fatalidad llegó para mí en el momento en que comencé a notar esa torpeza que día tras día se iba apoderando de mis articulaciones, esa torpeza que no era otra cosa que el síntoma de la enfermedad progresiva e incurable que acabaría condenándome a una reclusión vitalicia. Siempre me pareció hermosa la tristeza con la que mirabas mis dedos malogrados cuando tañían el órgano de cámara que tu abuelo había adquirido para combatir el tedio de las noches estivales. Recuerdo cómo te gustaba que el preludio de coral Dies sind die heil’gen zehn Gebot’ –mi favorito, y no creo equivocarme si digo que también el tuyo– asaltara sorpresivamente tus oídos mientras haraganeabas en tu alcoba durante esos mediodías en los que el calor de la canícula mandaba a hombres y animales a la sombra. En cuanto yo me ponía a tocar –si a eso podía llamarse tocar, ¡pobre de mí!–, siempre tenía la certeza de que tú te pondrías en pie y, agarrándote a la soga sonora que las voces del coral iban trenzando en el aire, te acercarías lenta y silenciosamente hasta el instrumento con el que yo trataba de recrear aquel milagro. Poco antes de que yo pasara a mejor vida, me confesaste que el señor Riachuelo –que es como a ti te gustaba llamar cariñosamente a Bach– era sin duda el único artista de la historia que había alcanzado una voz objetivamente universal. Y luego añadiste que no dejaba de tener su lógica que para alguien tan devoto como el doctor Oliveras la obra del músico alemán fuese la única prueba irrefutable de la existencia de Dios, y que algo semejante podía leerse en uno de los aforismos de un autor tan poco sospechoso de rendir culto a nadie como era Cioran, un aforismo que decía: «Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios». A lo dicho yo añadiría que únicamente por el Crucifixus de la Misa en Si menor, por solo esos tres minutos de música, ya había valido la pena que Cristo muriera en la cruz, sí, por solo esos tres minutos: un minuto para el Padre, otro para el Hijo y el tercero para el Espíritu Santo, el gran iluminador de la res cogitans, como tu abuelo solía decir. No te imaginas cuánto me consolaba escuchar esa misa durante el último año de mi vida, durante aquel anus horribilis que pasé postrada en esa cama donde tenía que hacerlo todo, viviendo con la esperanza de una pronta llegada de una muerte dulce y discreta. Sí –te confesé escasas horas antes de dormirme para siempre–, tu pobre abuela ya solo desea partir de una vez por todas de esta cama que es su condena, su isla, su prisión, y dejarla libre para ti, para que algún día puedas repetir el ciclo vital sin tener que padecer mis sufrimientos. Fue en esa misma cama donde tu abuelo y yo concebimos a tu madre, donde la parí y le di el pecho por primera vez. Aunque como es de imaginar la alegría no siempre fue la protagonista de una cama tan hermosa. A los pocos años de la llegada al mundo de tu madre, antes incluso de que la pobrecilla se ocultara en sus bajos creyendo cándidamente que de ese modo quedaría a salvo de las bombas de la Legión Buitre, esta cama ya había dejado de ser un escenario de amor y ternura para convertirse en una balsa perdida en un océano emponzoñado de silencios y reproches. El paso siguiente fue ensuciar el nido con mil discusiones en voz baja y alguna que otra a grito pelado, todas ellas espejos rajados donde podíamos ver reflejada nuestra incapacidad para asumir la desdicha de sabernos dioses caídos. Con tu mirada pareces estar insinuando que ya se sabe que una cama no es solo un soporte para el descanso, el insomnio o el sexo, sino para las alegrías y las miserias, para la enfermedad y la salud, para el origen y la muerte, todo ello impregnado de un rastro de cera y esperma, de flujo y esputos, de heces y grasa, de lágrimas y leche, de mocos y legañas, de pus, sangre y orina, de vómito, sudor y saliva; sí, tal vez tengas razón en recordarme algo tan obvio, mas pese a ello una cama, al igual que un templo antiguo, es también –como solía decir tu abuelo– un lugar donde se producen situaciones que tienen la virtud de ser intrínsecamente irreductibles a cualquier clase de lenguaje. ¡Tu abuelo! Siempre hablaba tan bien… Claro que con todo lo que había llegado a leer ya podía (no como yo, que en cuestión de lecturas jamás pasé de las novelas de entreguerras de Paul Morand –un escritor que estaba muy de moda entre las mujeres de mi clase y generación, y ello a pesar de que había firmado perlas irónicas tan peculiares como la siguiente: «Las mujeres tienen todos los defectos: son autoritarias, manirrotas, sin cultura. Y el peor de todos: son hermosas»). Sin embargo, quién iba a decirle a tu abuelo, un hombre que leía a Epicteto, a Hegel o a Pascal como quien lee el periódico, que una enfermedad desnortaría su capacidad cognitiva hasta el punto de llevarlo a tomar unas decisiones que nos precipitaron a la más humillante bancarrota. Y aún suerte tuvimos de poder vender las tierras de cultivo de nuestro solaz. Nos salvaron de caer en una miseria para la que no estábamos preparados, si bien la contrapartida fue presenciar con impotencia cómo aquellas tierras eran sometidas a un proceso de transformación que en pocos años borraría definitivamente la imagen del paraíso privado que durante un par de siglos había servido para el disfrute exclusivo de nuestra familia. En efecto, tras aquella venta llegaría el tiempo de la profanación de la tierra, el tiempo del hormigón y el ladrillo, el tiempo de la bulla veraniega de los nuevos pobladores, el tiempo de las motocicletas rugiendo sobre el asfalto que ahora cubría lo que antaño fueron viñedos y olivares, el tiempo de la cantinela de los vendedores ambulantes que a bordo de camiones desvencijados recorrían los laberintos urbanísticos que nos rodeaban, laberintos diseñados por una panda de arquitectos de medio pelo a los que, junto a los políticos que promovieron el desaguisado, Lucifer debería mandar al infierno para que purguen su pecado por los siglos de los siglos, amén.


Y amén probablemente no lo dirían, pero los «Dios y su madre», los «Virgen Santa» o los «Hostia bendita» sí que debieron de proferirlos algunos de los vecinos de los alrededores en cuanto vieron las descaradas lenguas de fuego se asomándose por las ventanas, balcones y saeteras de nuestra casa solariega. Lo que ya no me aventuro a pensar es en lo que habría exclamado tu abuelo si hubiera podido observar cómo aquella columna de humo, picoteada por millones de pavesas, se estiraba y estiraba hacia lo más alto del cielo, arrastrando con ella las almas de los tesoros artísticos que durante siete generaciones se habían ido acumulando en las dependencias de su querido caserón. Como debes saber, nunca se demostró si realmente hubo una mano negra detrás del siniestro, pero en todo caso si el asunto afloraba durante el transcurso de alguna reunión familiar, a más de uno se le podía apreciar en el rostro alguna que otra veladura de cruel satisfacción, en especial al tarambana de mi hijo mayor, que, como es sabido, nunca aceptó de buen grado que su padre me hubiese nombrado heredera universal. De haber estado vivo para contarlo, tu abuelo seguramente habría dicho que todo ello demostraba la inutilidad de la eugenesia en el plano moral. En todo caso si alguna consecuencia positiva tuvo aquel incendio fue la de estimularte a convertir las dependencias del escenario perdido en un espacio exclusivo para la ficción, y a los galanes, perdedores y trágicos, a las damas de postín, comediantas y coristas, a los comicuchos, ángeles y demonios que a lo largo de varias generaciones habían actuado en ellas, en personajes cautivos en tu germinal laboratorio de alquimia literaria, en cobayas necesarias con las que llevar a cabo toda suerte de mixturas y sublimaciones narrativas. Este sería para ti el único modo de crear un mundo que no fuera de nadie y de todos, un mundo sin asideros prosápicos, sin emblemas temibles, sin bastiones inexpugnables, un mundo, aún en ciernes, ideado y esbozado por ese escritor que afilaba su pluma sin prisa, pero que sin pausa iniciaba la construcción de cada una de las piezas de un rompecabezas acerca del cual no solo desconocía sus límites, sino la naturaleza misma de su forma.