oriol espinal [narrative]

La Última carta de Santiago Miralda

novela

2003 - 2005


Via libris

10 de junio de 2004

Querida María:

Aunque hasta la fecha ni una sola de mis cartas ha merecido respuesta por tu parte, te escribo de nuevo. Y no lo hago únicamente «porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve», como diría ese personaje de Cortázar tocado con el don de vomitar conejitos, sino porque me ayuda a mantener la esperanza de que tarde o temprano tu alma se hará visible, ni que sea unos pocos segundos antes de mi expiración. Quiero que sepas, y no me cansaré de repetirlo, que mientras la sangre fluya por mis venas no haré el menor esfuerzo para apartarte de mis pensamientos, aunque ello alimente el deseo de mantenerme recluso en mi penal de soledad. Por fortuna, como dice el socorrido proverbio, Dios aprieta pero no ahoga, y gracias a mis estudios, que a todas horas me tienen ocupado y preocupado, y también a las visitas de Héctor y Elvira, la batalla cotidiana me resulta algo más llevadera. Por cierto, esta tarde han pasado por casa. Como de costumbre me han dicho que no me hacía ningún bien estarme todo el santo día encerrado sin más compañía que mis libros, mis papeles y mis peces. En modo alguno me satisface que mi modo de vida sea el causante de la inquietud de nadie, pero mentiría si no dijera que siempre resulta agradable saber que uno está presente en la mente de los suyos. Y si bien es cierto que de un tiempo a esta parte nuestros hijos no escatiman su afecto hacia mí, lamentablemente no es la suya una figura que pueda llenar el vacío que dejaste en mi vida, y mucho menos aliviar la decepción que me produce, tras haber alcanzado la edad de los panegíricos, el no estar siendo comprendido ni por mis colegas ni por mis propios discípulos; un sentimiento, por qué no decirlo, al que Héctor y Elvira no están contribuyendo a mitigar, puesto que no solo se han mostrado remisos a engrasar las armas cuando les he pedido que me ayudaran a contrarrestar la campaña que algunos colegas han desatado en mi contra (a todas luces envidiosos del avance de mis investigaciones acerca de los orígenes del Latimeria chalumnae), sino que han tenido la osadía de decirme a las claras que la operación de acoso y derribo de la que estoy siendo víctima únicamente existe en el laberinto de mi imaginación.

Pero jeremiadas aparte, lo que en esta ocasión guía mi pluma no es la voluntad de poner en tu conocimiento los últimos resultados de mis investigaciones, sino el deseo de contarte un sueño que tuve hace un par de meses. Acaso te preguntes por qué ahora y no antes. Lo cierto es que no ha sido por falta de ganas o porque se tratara de uno de esos sueños donde las cosas se ven representadas de un modo tan sumamente irracional, que llegado el momento de recrearlas descubrimos que la escritura tan solo sirve para pergeñar una crónica tan torpe como ininteligible; sino porque el relato de mi experiencia onírica requería un esfuerzo memorístico ingente, amén de una detallada catalogación y depuración de todo el material rescatado. Cumplida esta etapa, ahora toca redactar el relato, siempre contando con la ayuda de mi desbordante imaginación si en algún momento me veo en la necesidad de repintar alguna parte del retablo que el olvido hubiese dañado. Antes de proceder, debo advertirte, y de antemano te pido disculpas por si algo de ello pudiera herir tu sensibilidad, que mi crónica está salpicada de episodios donde cobran un especial protagonismo la carnavalización delirante, la chocarrería escatológica, la sátira irreverente o la crueldad entendida como una de las bellas artes, por no hablar de las múltiples referencias con las que mi demonio onírico puso a prueba sus proverbiales habilidades para el pastiche y la parodia.