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La liturgia del cambio #61

Con la llegada del diluvio el jardín invierte su piel. La arrogante convexidad que ayer exhibía ante el sol, hoy, tras el repentino riego celeste, se enmascara tras una concavidad sumisa, inhóspita. Cada una de sus plantas y frutales –también sus malas hierbas– participan en la liturgia del cambio. Todo sucede mientras las raíces, recién despiertas, se entregan a la lujuria que el beso del agua estimula. La luz, tiznada por la suciedad que la lluvia barre de las altas ramas, se trenza con un viento que el vecino mar ha salobrado. Paseando descalzo entre el desorden incipiente –que acaso en abril se transfigure en cósmico esplendor–, soy testigo del rigor que el frío primaveral emplea al encarnizarse con los lirios prematuros. Veo los copos de nieve cayendo sobre flores de almendro, y luego la caída de los blancos pétalos sobre una escarcha intempestiva. El patrón rítmico del goteo me es revelado, al igual que el diagrama asimétrico del brotar de lombrices. Siendo consciente de mi condición de divino mendigo, detengo mis pasos y observo las huellas que mis pies han moldeado en el limo, llenas de agua, perdiendo poco a poco su forma, como diciendo adiós a su propio logro, incapaces de conservar aquello que las hizo hermosas.

Barcelona, 23-26 de marzo de 2018