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Nocturno mar del antitiempo #37

Tenso mi arco de poeta sabiendo que no hay poema en el horizonte de la flecha, que nada hay en la inmovilidad del momento salvo una pulsión inaprensible y una angustia ambigua.

El arco y el arquero en tensión no son nada salvo una mandorla incierta que alimentan las visiones.

Así como el universo fue antitiempo antes del impulso que lo condenaría a ser en el tiempo —y acaso al suplicio de ser arrojado a una eternidad ávida de ritmos frenéticos—, todo poema se ha rumiado en las entrañas de su antipoema, dudando de su ser frente al espejo de su antiser, formándose y deformándose en el ámbito de su antitiempo, en los arrítmicos vaivenes de su partera mientras trata de sujetar al hijo díscolo hasta el mismo instante del disparo.

Todo antipoema se fragua en el nocturno mar de su antitiempo, sin racional desarrollo ni patrón productivo que lo guíe.

Los rosales del ritmo, así como las marejadas del canto, se diseñan en el núcleo de las semillas que el gorrión de la siesta esparce sobre el alma del arquero.

Cada poema en vuelo es agua emergente de un antipoema, materia irreductible que atesora lugares reales que reforman la ontología del espacio y el tiempo, universos diversos cuyos versos únicos desprenden luz sobre mundos imposibles de dar a luz sin la servitud de vocablos y silencios.

Y aun así, su silbido, brillante o áspero, su cadencia, oscura o cristalina, su flechazo, lacerante o placentero, no le hacen sombra al cruel susurro de un arroyo de abril.

Barcelona, 29 de noviembre de 2017