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El huevo de la muerte #33

Salgo de la ciudad difunta, de sus jardines moribundos,

igual de agónicos que su cementerio más bello,

hoy abatiéndose sus panales sobre ls muertos

y ante la indiferencia del mar y los ediles.

Escribo este poema mientras viajo

en dirección a un sanatorio extramuros

donde yace un ser declinante

a quien le debo la sangre de mis versos,

mis ojos, mi fe en la nada,

mi idolatría a las noches del sur

y a la luz de los sueños donde Dios se descuelga

entre las heces y las perlas.

 

Llego a mi destino y entro en la antesala de la muerte.

Tras la ventana y con el mar de fondo,

los pinares (vacíos de actores y pájaros)

pregonan la desolación de los aromas

que a nadie atraen ni a nadie turban.

Frente a mí dos cuerpos sombríos,

encadenados a la liturgia de la ciencia,

uno sin alma y con un arsenal de aullidos,

otro sin fuerza y sostenido en las muletas del genio.

Ambos ignoran que el cuervo está incubando el huevo

o que en sus alas fulge la pestilencia de la sima.

 

Pasan las horas sin que nada ocurra,

sin que la muerte abandone su nido,

sin que nadie solloce mientras el día se corrompe.

La noche y su guardia de frío

irrumpen sin cubrir sus carnes.

En el cristal de la ventana

—nocturno escaparate del dolor—

se exponen miradas que inspiran versos muy tristes,

muecas de rostros vapuleados por el hastío y el hartazgo.

 

Ajena al viento y sus vidrios rajados,

la muerte sigue incubando su huevo.

Barcelona - Hospital de Mataró, 7 de noviembre de 2017